No hay título para un rosa diferente.

Las personas necesitamos hacerla de un drama tipo “pasado de verga” para saber que nos estamos encariñando. <<Que putería>> diría mi padre Rurico, yo sabía que era un desentendimiento a los 60’s , si bien me había mostrado su pelo afro y a él encima de una camioneta tipo televisión infantil gringa mal traducida al español con temas sexuales incómodos y sobre todo inconcretos. Necesitamos hacer un drama para abastecer las diferencias, si empezáramos a ser iguales; mi vida, mi corazón, mi pedazo de fluido mío, chiquilla; que sería de los que son unos cretinos y padecen de hacernos la vida más sencilla a los poetas. Tranquila, el universo te dice donde tienes que estar, siempre seremos hormigas trabajadoras y con el sentido de una orientación hereditoria.

Me gusta bastante tener mi anillo rojo de $200 pesos (tengo que recalcarlo, me sentía babosa al respecto si no lo hacía) del tianguis a los domingos bien temprano para ver qué más podía presumir. Que cristal tan mejor pigmentado, mi anillo rojo era enorme, hacía parecer mi mano como una fina escultura de museo reconocido. Chuparía mis propias manos si tan sólo se mojaran de tocarse mutuamente. Yo he llegado a la idea, de que en el acto se te suavizan, más si te masturbas, la propia piel torna de una primavera enloquecedora, parecida a la fotografía más bio cercana de la vagina. Un durazno emergiendo de naturaleza.

Desgraciadamente, te amo…

Me ha dado ansiedad leer. Los castrosos momentos donde la lectura se me vuelve irreal, confusa y holocausta. No he podido controlar la situación, la manera de no sentir que me voy a caer en un profundo pozo de descontentos y decepciones literarias. No he sabido controlar mis propias manos, mi mente arraiga entre una personalidad mansa y la otra sumamente intacta. Quiero sentir la superioridad manejando objetos pequeños, de esos, donde puedes construir toda una civilización a escala. Donde los árboles son pintados a tu manera, donde decides a que hora pasa el tren y cuando es de día y de noche. Quien puede enamorarse, con quien irá a acostarse la señora de la papelería. La misma a la que le comprabas todas tus inútiles cartulinas de joven.

Hay un enclaustre, siento el mismo mundo asfixiante y me causa ansiedad. Ansiedad pura, pura delimitación y ascos matutinos.

<<Imagínate vivir como yo>>

Debo dejar de tratar de tomarme el agua tibia. Saliendo hay un árbol que en realidad me calma. Vivo con la certeza de que hoy me van a dejar. Vivo con el peso de tu mismo cuerpo recargándose en mi pecho. Amo bajar la cabeza, sólo si al final me coges. Pero es encerrarte en tu idea de que te lastimo. Quiero ser libre. Frase plagiada, no la tomo en serio.

Anécdotas de un día al desnudo.

Me dediqué un tiempo a explorar un concepto del mundo que me tenía muy inquieta. Todos llegamos a cierta edad, donde nos da miedo conocer quien somos en realidad. Yo en ese entonces era una pizca de antidepresivos, alcohol en exceso y faltarme al respeto cada fin de semana. Bueno, y es que leer a Bukowski y sentirse con afecto ya era de saberse desde un principio a lo que iba en la vida.

Empezaba la universidad, no tenía mucho dinero, estudiar Arquitectura y tener un trabajo de medio tiempo o de fines de semana es algo imposible, tu cuerpo no puede con la fatiga y la desesperación de dormir tres o cuatro horas diarias. Era una mañana tranquila, me senté en la orilla de un lago, prendí mi cigarro y comencé a leer. Tranquilidad acogedora, mientras mi cuerpo temblaba de tanto estrés acumulado.

-Tanto tiempo sin vernos-, voltee tan rápido me dio mi sentido. Me encontré con un gran amigo. -Vives tan cerca de mi casa y aún así no se nos dan las horas. Fíjate ni en la primaria era tan social, tuve una vida muy ocupada. Mis padres creían que entre más actividades, mi cerebro de esponja lo iba a absorber todo, pero nunca tuve tiempo para adaptarme a las relaciones-, comentó.

De risa en risa, una gran tarde. Expectativa de dos amantes de la lectura. Y salió el tema.

-Estoy haciendo un álbum de fotos, erotismo más bien. ¿Sabes algo al respecto?, ¿te interesa?. Estoy pagando a las modelos-, exclamó.

Justamente sacaba de mi bolsillo los últimos diez pesos. Una hormiga roja que recorrió mis dedos, bruscamente la zangolotee y de fondo, medio machacada, un antidepresivo por si me daba pánico de la nada.

-¿Cuánto estás pagando?, ¿es completamente desnudo?, ¿me pagarás el taxi de ida y de regreso también?-.

-Por supuesto-, dijo con cara de compromiso. Acepté. -Por favor lleva una medias, un liguero, si puedes un corset y nada de maquillaje-.

Llegando a mi casa, una calle empedrada. Segundo piso a la derecha, habitación de un foco y con una linda vista al Cofre de Perote, junté la ropa necesaria para la ocasión. Me sentía nerviosa, -pues que esperaba-, nunca lo había hecho y todavía no me interesaba escribir de lleno acerca de erotismo. Dormí tiritando.

A la mañana pedí mi taxi, quedamos temprano, pues las fotografías serían análogas y había que aprovechar los enfoques de luz que daban los reflejos de sus ventanas. Al llegar estaba la sala acomodada perfectamente, la cámara en su tripie a un lado y un paquete de cigarros sin filtro por si me sentía nerviosa. Me cambié, debo admitir que temblaba, hacía un frío paralizante.

-Acuéstate sobre el sillón, por favor-, exclamó. Vestía un corset, bragas, liguero y medias negras. -Sé tu misma-. Relajación total. Tuve que encender uno de los cigarros.

No había sentido una comodidad antes conocida. A pesar que en esos tiempos me sentía llenita, me sentía completamente sexy. Yo, en ropa que no me había puesto antes, siendo fotografiada por un fotógrafo reconocido, apareciendo en revistas de París. Que mujer no se sentiría halagada.

Pasaron unas dos horas, nada de incomodidad con mi estimado amigo. Todo un profesional. No revelaré cuanto me pagó. Bien dicen que hay mal futuro cuando se presume un presupuesto. Eran las dos de la tarde, pensé que me moriría de frío. Parpadee varias veces para no desmayarme y repasé en mi cabeza las clases de respiración que aprendí por internet. Pedí mi taxi y me fui.

Ahí voy por la empedrada otra vez. Segundo piso a la derecha, habitación de un foco. Botella barata de whiskey. Cama con orines de gato. Cincuenta y tres kilos al desnudo.

Escrito a un desconsiderado padre con cáncer.

Desperté con ganas de hablarte, hace ya unos años que no veo tu amargada sonrisa y no escucho tus cientas de palabras de asecho a denigrar mi persona. La prima Fatima me comentó hace ya un mes que te habían encontrado unas bolitas en el estómago, pensé que era desecho fecal, sufriste de problemas de colon toda la vida. Hace unos años yo misma te acompañé a hacer una colonoscopia, en el cual, todo según había salido bien. Te pusiste contento y ese día te fuiste a la cantina a celebrar.

-Tu padre tiene cáncer, tal como tuvo la abuela y la tía Marlene, deberías hablarle-, comentó mi prima. Debí haber sentido un poco de entusiasmo que te cayera el karma de alguna forma. Pero tal como fue, en aspecto humano y con sentimiento, lloré.

Al mes de obtener la noticia, ya me andaba hablando mi madre para hablarme acerca de la venta de la casa, la repartición de dinero y de la herencia. -Yo creo que tu no necesitas tu herencia, te va bien. A tu hermana se le murió el marido, por causas que no teníamos control. Si, era narco, pero se amaban. Ahora tiene dos hijas que mantener, sé una buena niña. Hay que obsequiarselo-, comentó. Y sólo pude decir que ese día terminé hablando con mi psicoanalista de lo enojada que me sentía.

¿Te acuerdas de Berenice?, la única mejor amiga que tenía. Ella tampoco tenía amigas, se comía los mocos, yo lo veía gracioso. ¿Recuerdas como te encontró el padre de Berenice cogerse a su esposa con nosotras dentro su casa?.  De pequeña no lo entendía, no veía tus intenciones, sino lo hubiera evitado. Berenice hace poco me agregó al Facebook, dice que todo está bien. Espero te importe.

¿Me encuentro en algún lugar de tu pensamiento?. He intentado ser campeona de natación, bailarina, músico, karateca, la número uno en la escuela, estudié primero Jazz para satisfacer tus frustraciones, me pegaron muchas veces en la secundaria (no te importó), mi regalo de quince años fue ponerme frenos dentales, lo hiciste para zafarte de una fiesta o un viaje, me diste algo que tenías que haberme dado por higiene y lógica. Cuando perdí mi virginidad me violaron, siempre me dio pena comentártelo, ibas a decir que fue mi culpa, por puta. Cuando desapareció mamá tres años te metiste más en el alcohol, me golpeabas, me amenazabas de muerte cuando estabas ebrio, alguna que otra vez me tocaste por recordarte a mamá y nunca tuve amigas por que sabían que era hija de un alcohólico. A los diecisiete me dio una sobredosis de Ketamina, dos intentos de suicidio, me dio dengue hemorrágico, pensaron que moriría y un cura me dio la bendición. Tuve cuarenta y dos grados de temperatura, tuve daño cerebral y me costó llevar un tratamiento que no quisiste pagar y una vida con ansiedad. Me escapé a Playa del Carmen con el primer hombre que me dio amor. Lo lastimé, por que no se parecía a ti. Estudié Arquitectura para satisfacerte, ahí por primera vez me escribiste “orgullo”, pero nunca lo llegué a escuchar. Cuando me frustré me salí a mitad de la carrera.

¿Ahora dónde estás?, -ni idea-, cuando viajé de Ciudad de México a Veracruz para sólo verte comentaste que estarías todo el día en hacienda y no podías. Fue un viaje en vano. Desde ahí supe que ya no querías verme.

 

De pequeña olía las hojas nuevas de mis libretas, amaba ponerle marcos alrededor, numerar las páginas y uno que otro dibujo chusco. Proponía ser la primera en leer el primer párrafo de mis textos de Español, era agredida por mis compañeras, mojándome las libretas o burlándose de mi por suponer creer que me creía superior. Alguna que otra vez me empujaban por las escaleras, en un acto de violencia extrema un niño de la primaria que tanto le gustaba me enterró un tenedor a viva vista de todos, por no decirle que sí a su despavorida confesión de amor.

Iba siempre sola en camión de mi casa en Veracruz a la escuela. Mi padre olía a licor, se orinaba en los sillones, vomitaba en los desayunos, miraba pornografía a todo volumen y mamá soportaba eso por la cuestión económica. Padre no tenía tiempo para llevarme por su cruda y madre intentaba aliviársela. Todos dormíamos en un cuarto, mis dos hermanas estúpidas, madre, padre y yo. Pasada la noche era de esperarse que se azotaran las puertas, llegaste con el aliento más gediondo todavía, el pantalón sucio, la camisa rota y vomitada. Mis hermanas se hicieron las dormidas y yo les seguí el juego. Todas escuchamos como golpeaste en la cara a mamá, rompiste su pijama y la penetraste sin respeto alguno. Que vouyerista te has de haber sentido, todavía nos mirabas con gracia.

Fueron catorce años que no tuve otra perspectiva de ti, catorce años que la mujer que te alentó a ser el mounstro que eres, te soportó al grado de ver bien lo que hacías.

Me he limitado a ser inferior, decías que era lo correcto, -mujeres independientes, inteligentes sobre todo, manteniéndose sin una pizca de control masculino, eso es desobedecer el orden de las cosas-, comentabas. Me dediqué a denigrarme contra los hombres, creí ser lesbiana por un tiempo y después tuve ninfomanía y golpes de soledad.

¿Me encuentro en algún lugar de tu pensamiento?. Mamá después de ti tuvo un novio, lo recuerdo perfectamente, su nombre era Enrique. Blanco pálido de tez, uno ochenta y dos de estatura, dientes amarillos, un pedófilo cualquiera. Tres o cuatro años estuvo con mi madre saliendo, y déjame contarte, él me violó también. Mi madre me obligaba a trabajar en su negocio después de salir de la secundaria y él todos los días cerraba la cortina del negocio y me llevaba al baño para toquetearme y venirse en mis manos. Cuando dormía, siempre se acostaba junto a mi y me tapaba la boca, forcejeaba y se venía en mi espalda. -Todo es tu culpa, eso le pasa a las niñas bonitas- comentaba Enrique. Siempre quise contártelo, pero estabas muy ocupado denigrándome como mujer que pensé que sólo te burlarías de mi.

Hoy en día soy escritora erótica -irónico-, siento que salió de alguna parte donde le gustó tanta decadencia. Me gusta que me peguen, que me humillen, que no me amen, que me aten sobre la cama, que me escupan en la cara, me gusta imaginar historias donde me gustaría participar y amo a mi pareja. La amo con el alma, y ella no.

Desperté con ganas de hablarte, de decirte que cuentas con mi apoyo. De pedirte perdón por no ser la niña perfecta que querías. De escuchar un te amo por primera vez, de que sientas que ahora escribo por ti, para ti. De deseos, de placer. Al amor, y con el cariño que dan las orugas peludas. Absorbiendo hasta darte fiebre. Y yéndote para morir pisoteado y solo.

Mis privilegiadas manos.

Conforme a los años uno va creando fetiches con experiencias que ha vivido. A quien no le gusta saborearse en la playa una linda chica o un lindo chico con los pies más bronceados, exquisitos, o ver esa boca ancha rosada posarse en toda la cara con un esplendor que anuncia el próximo enamoramiento. Los deseos, son placeres que primero vienen de lo carnal. Les puedo mostrar uno de mis fetiches más honrados. Las manos de un hombre, intimidante, aislado, semejantes a perlas únicas de ostras que muestran el interior de un perecedero.

Nos conocimos , pero claro, en la fiesta. Sabía que había notado mis medias de encaje, eso me dio a conocerlo completamente. Al sentarme en un sillón mojado y con la única luz que existía -unas luces de Navidad-, contemplé unas manos elementales. Ergonomía insuperable por cualquier otra que haya mirado. Me palpaban las medias, llegaban al contorno donde el elástico de la media comenzaba, iban bajando, lento. Tenían esa soltura que había estado buscando. Noche de platicas obvias, de peda. Me fui recordando la blandura de su palma.

Yo no le conocía. El rostro se me esfumaba, no congeniábamos en absolutamente nada. Él, un diseñador de treinta años, con su libertad afuera de su jaula, pensamiento diferente y signos opuestos. Un corazón perfecto. Propuse adentrarme más en su mundo, en que sus manos me mostraran lo tierno y lo crudo del amor. Que me enseñara experiencias que nunca había sacado a flote. Que malgastara mi templo. Que me hiciera trizas el corazón. Ahora sé que lo estoy viviendo. Que placer disfrutar el dormir amarrada en una cama. Despertar incómoda, agobiada, pero contento de verlo. Meses de sufrimiento corporal, sodomía a cualquier parte que íbamos, éramos unos bastardos con cero vergüenza y mucha clase.

Meses de azotes, frenesí absoluto, creo que amor.

Desde entonces, tengo el recuerdo de sus cicatrizadas manos -tiende a pelearse con la autoridad-, de su manifestación a lo sagrado que hizo mi cuerpo. Quiero saber de él pronto.

 

V.

Recientemente se habían postrado en la ventana los más idílicos ojos que pudo haber contemplado mi paladar, hay miradas que se objetan con el sentimiento de poner probarlas. Administraba sus finanzas en frente de mi, una pobre pueblerina de estatura mediana que vivía de la riqueza de su poesía y él un gran empresario de bastón inquietante y puntuado que lo hacía verse temerario. El viento rozaba sus cabellos, dorados por cortesía del mismos Eros, con sus plegarias en la camisa manchada de vino, que se podía apreciar que estuvo con dos o tres chicas a la vez el día anterior. Yo soñaba con resbalarme de su sien hasta el contorno curvilíneo de sus nalgas y tocaba mis nalgas fuertes con tan solo pensar que el podía estar haciéndolo. Una mañana desperté de la nada, estaba sola, con la cama mojada pensando en alguien que no existía, bañandome en la certidumbre un banco ajeno que ni siquiera podían recordar mi nombre. No solamente estaba él arreglando el cabello, estaban los tres gatos de la habitación mirándome con destreza la verguenza de persona que yo me sentía. Me estaba permitiendo tocar por un ser que no conocía y por supuesto me encadenada en la cama a diario por que ya no podía temer a su realidad con lo puta que era.

Mi padre un hombre moreno, de pelo rizado con sesenta y dos años de edad siempre protestaba por el misoginio, el creía en la pureza de las mujeres al llegar al altar y creía en que ese era el momento para atarlas a la esclavitud, creía en constante acuerdo que una mujer solo tenía la boca para mamadas, y para recibir la venida del señor. Me encontraba cada mañana recogiendo el agua sacada del pozo que tanto me costaba cargar, era una mujer delgada, con piernas gordas y pies finos, nariz ancha, boca deseable y mirada de perro triste. Con lo único que soñaba era con que algún principe de verga dura y pronunciante tocara a mi puerta débil y me llevara sobre su falo al arcoiris de un extasis que no conocía. Mis ropas nisiquiera podían cortejar a alguien (si es que hubiera alguien, no había tan siquiera primos guapos a quienes alzarles la falda y que me metieran los dedos atrás de la granja por un rato), un orgasmo como oía luego a mis padres definirlo era la prueba de gritos infernales y golpes indeseables o la venida del señor en grandes aullidos que al final celebran con una cena diferente cada día?.

Era difícil pensar en como era el sexo a mi edad, -nunca me había masturbado bien- me decía a mi misma, soy un pésimo ejemplo de la humillación sexual. Tenía que meterme algún objeto para serciorarme que así debían ser los coitos?, tenía acaso que lamentarme el suspiro de una voz al oído para sentir el éxito de un buen cortejo?. Habían indeseables maneras de hacerme sentir incomoda. Bienvenido a la conversación Sir Enrique, fuiste el primer hombre que por ser demasiado bonita debía de no mantenerme intacta antes tus manos antojables pero tu pene flácido y carcomido por los años, que manera de no hacerme venir, solo me lastimabas la entrepierna. Estarían de acuerdo que si alguna de sus madres se diera cuenta que su menos de quince años está siendo dedeada en el mismo baño donde el mismo hombre se la coge a ella no se sentiría mal?, y hablo de un sentimiento no de culpa, sino más bien de celos. Por que las mujeres sentimos únicamente celos cuando otro hombre esta poniéndole humillación a otra mujer, en vez de no sentir si esa mujer no se está sintiendo atacada. Somos una especie de mayoría en la extinción de lo que es el placer de verdad, y se nos está yendo de las manos el sentirnos cuerdas y alejas de as maravillas que en realidad nos pueden dar los hombres.

A finales del año de 1879, me encontraba como decía anteriormente sacando agua del pozo, estaba oscuro, a papá le gustaba que fuera de noche por que le apetecía un vaso de agua fría, que benevolencia, que ingrato, que pasado de verga. Me entretenía con los caracoles que habitaban adentro de ellos, quizá llegué a coleccionar unos veinte o hasta cincuenta de ellos, pero a mamá la ponía triste que siempre los guardaba en una caja de cartón y morían ya no sabíamos por asfixia o por tristeza, sentiria una nostalgia inmensa si mueren por tristeza. Me los colocaba en las manos, en los brazos, a veces en la frente, muchas de ellas en las piernas y caminaba así por toda la cuadra de vecinos que me miraban muy desagradable. Los niños de mi edad siempre me pagaban y las niñas de mi edad siempre me envidiaban por vestir como hombre y tener una cara angelical de la mas preciosa niña (al menos eso me dijo alguna vez Enrique). Solía llegar con la cubeta de agua de pozo a las 8 de la noche, la hora e que ya debería estar dormida según padre y le servia en un vaso de vidrio con el cual siempre quería que le sirviese, le preparaba la fruta y le tenía que cambiar los pantalones.

 

Valentina ya descansa.

Valentina ya descansa.

Ayer entre las lágrimas de un coito se limpiaba los orines con agua fría. En otro lado estaba su padrastro limpiando el colchón de los imprudentes, en realidad no le preocupaba si olía a meados, más bien era la mancha de cerveza que había regado antes de empezar a poner el canal de porno más suave para cautivar a Valentina y sin que ella se diese cuenta fuera violada brutamente por un “Don Juan de las morritas”.

Tras más limpio veía, menos creía él que no había pasado nada.

La madrastra de ésta chiquilla se preguntará por que huele a meados frescos, es una obsesiva, una conocedora la muy puta -empezó a preocuparse-. Ven Valentina, deja de bañarte y pon tus dos cerezos entre mis piernas, aún estoy sucio, de ahí restriegate en la cama y por favor déjate las calcetas de secundaria.

Valentina entre semen mal pegado, se acercó con un miedo y una excitación que no conocía anteriormente, ella no era virgen. Hace algunos años que conoció al tequila y entre ellos al más desgraciado que la avergonzó cogiéndosela en frente de cuatro personas más. Mientras ellos bebían y bebían disfrutaban de un espectáculo maravilloso. Y la frustración que le arraigaba no era la humillación, sino más bien por que los otros cuatro no participaban.

Lentamente se fue acercando a las piernas de su padrastro, entre movimientos lentos, la agarró de la mano y forcejeo su cadera hasta sentarla con descaro.

Muévete -empañado de saliva- ensúciate toda y no dejes ni una brillante mancha.

Valentina entre contoneos de arriba y abajo, izquierda a derecha y los sonidos de flatulencias, movía sus cerezos estrangulados y mordidos de un sospechoso intruso a su cavidad. Le desesperaba no poder gritar, le encantaba. Poco a poco sintió la respiración con ese típico olor de engendro más allá de los cuarenta y cinco años y entre absorbidos suspiros no faltaron los dedos en su culo. Que calina, que vehemencia era éste purgatorio.

 

Continuará…